Poesía Dominicana

Tomás Hernández Franco

Poema de chewing-gum

Y entonces, el gitano mudo,
cantó su canto como pudo:

Siento que mi alma se vuelve como la de una
        prostituta
‑o que mi alma es una prostituta‑
mientras espero el poema que tal vez va a llegar.

En mí todo poema es problemático.
Quizás el aborto de hoy hubiera sido
el parto de mañana
‑todavía es más duro aprender a esperar‑
y los fetos
pierrots‑buzos‑sin escafandra
me hacen reproches incompletos como sus
        propias vidas
solemnes, como las torres guillotinadas de Notre
        Dame;
pero,
«acabar» es bueno para los que tratan de engañar
al tiempo
o para los que nacieron con un poder de ases
tatuado sobre la frente
para poder reírse de los malos destinos,
mientras que en mí todo se queda trunco
porque nunca tengo tiempo para nada
ocupado en el negocio de mi ocio
gentleman‑globe‑trotter‑sobre‑los‑mapa‑
        mundis‑arlequines!

Un día,
los loros amarán de amor
el corazón aceitado de los fonógrafos,
pero yo he roto todos los juguetes que hubiera
        podido amar
‑navíos‑claros de luna‑torre‑eiffel‑
y me he quedado solo con un poema
maravillosamente incompleto:
sombría galería de mina abandonada
que mira al sol por los periscopios de los pozos
y donde nunca nadie encontró nada.

Me complico en negaciones:
sonda quisiera ser para el tonel de las Danaidas.
La temperatura de mi pensamiento
está llegando a menos
que dan vértigos
y un día me encontraré en mis propios antípodas
Robinson de una aventura
que sólo algunos locos podrán un día creer.

Los otros querían hacer «sentir» su poesía:
yo quisiera que la mía se pudiera mascar.
Poema inútil, como una pastilla de chewing‑gum.
Contarse a sí mismo. Manera
de ir viviendo cada vez más desnudo.
Llegar hasta a arrancarse la piel, alegremente
como lo haría un fakir
ante un grupo de marineros borrachos
que pensaron divertirse
y súbitamente
sintieron todo el dolor que el hombre no sentía
y guardaron toda la vida las pupilas espantadas
de lo que vieron esa noche.

De tanto rehusar todas las anestesias
invito más amigos para la fiesta de mi autopsia.

Disparejo, como un paisaje de ciudad
visto desde una torre,
mapa en relieve de mi Suiza interior
mi poema
‑fotografía desde el avión de mi recuerdo‑
escrito con una indiferencia de vaca que rumía
e inútil como una pastilla de chewing‑gum.

Ya no estaremos ahí para regocijarnos,
yo no predigo nada porque estoy en la tierra mía
pero yo sueño un poema erizado de vértices
‑ilusión de himalaya de cinematógrafo‑
mecanoterapia para los últimos tziganos
vals‑lento‑del‑danubio
atragantados de emoción.

Hay también Charlot, profesor de infinito,
‑Biblia y Quijote‑
quien con una sola mueca
marcóme la cifra de mi desesperanza
en el ábaco de las nebulosas.
Corazón de oro ‑lo hubiera dicho mi abuelo‑
que se complace en hacer comer a la jauría
pedazos de su emoción
y finge creer que no lo sabe
‑¿lo ignora la señora Chaplin, la madre de Charlot?
Nuestra emoción de ahora
más terrible que todas las viejas emociones
emoción de performance
de autódromo
de equilibrista japonés
y de la danza de los panes,
emoción que nos hace detener el corazón dentro
        del pecho
como
la máquina de un reloj que hubiese contado toda
        la era cristiana.

En realidad, la era cristiana terminóse hace
tiempo
estamos, simplemente, en la era del Hombre.

El amigo alegre que vino cargado con su mala
        noticia
se fue asombrado de mi lejanía
y comprendió que para mí ya no hay malas
        noticias.
Mi corazón tiene dos perfiles
pero al lado que miraba hacia atrás le he sacado
        los ojos
ruiseñor ciego que no me intereresa oír cantar.
Payaso de lo absurdo,
cada noche me trago el sable de mi vida
frente al público y con las mangas levantadas.
Como Alejandro el macedonio
me duplico en mis noches
y cada mañana puede creer
que regreso sin cansancio de algún tremendo viaje.

Vocación de suicidio de cada palabra mía
que a cada línea me van pidiendo a gritos
el reposo de algún punto final.
Vocación de suicidio de todo mi poema:
vocación de suicidio mía, que es mi única razón
        de ser.
Imán.
Estrella Polar.
Signo de prostituta.
‑Galeote febril amarrado al remo de mi propia
        mentira
todavía no es tiempo. Todavía.

Poema de chewing‑gum.
Poema inútil espejo de la vida mía
donde se puede ver mi corazón por el ojo de la
        cerradura
espantosa glosa sobre cada pétalo
de la rosa de mi ocio
que es el negocio en la Wall Street de mi pasión.

Poema rascacielo
con un solo ascensor:
castillo de naipes para mí que no tengo torre de
        marfil
poema que se puede mascar
como una pastilla de chewing‑gum.

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