Descubrimiento y Colonización

Segunda Parte

Ya varios años antes de la desaparición de los taínos, Santo Domingo había perdido su posición de principal colonia española en el Nuevo Mundo. Su falta de riquezas minerales la condenaron al abandono por la Madre Patria, especialmente luego de la conquista de la Nueva España (México). En 1535, el Virreinato de Nueva España, que incluía México y el istmo de América Central, incorporó a Santo Domingo, cuya importancia siguió disminuyendo luego de la conquista del rico reino de los Incas en Perú. La agricultura se convirtió en la actividad principal de la economía isleña, pero la naturaleza desorganizada de la producción agrícola no alcanzó los niveles de productividad que caracterizaría a la colonia bajo el mando francés.

Las primeras concesiones de tierra sin obligaciones bajo el sistema de repartimiento resultaron en una rápida descentralización del poder. Cada terrateniente tenía una autoridad virtualmente soberana. El poder era difuso debido a la tendencia de la ciudad capital, Santo Domingo (que también era el asiento del gobierno de todas las Indias españolas), a orientarse hacia la América continental, que proveía de oro a la corona, y hacia España, que proveía administradores, abastecimientos e inmigrantes para las colonias. El gobierno local estaba condenado a la ineficiencia debido al poco contacto entre la capital y el interior; para fines prácticos, el campo caía bajo el dominio de los grandes terratenientes. Durante toda la historia dominicana, este órden sociopolítico fue un factor importante en el desarrollo de algunas de las características distintivas de la cultura política de la nación tales como paternalismo, personalismo, y la tendencia hacia un liderazgo autoritario y fuerte.

Alcázar de Colón
Alcázar de Colón
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En 1509, el hijo de Colón, Diego, fue nombrado gobernador de la colonia de Santo Domingo. La ambición de Diego y el esplendoroso ambiente que se dió levantaron las sospechas de la corona, dando por resultado que, en 1511 la corona estableció la audiencia, una nueva institución política con las intenciones de limitar el poder del gobernador. La primera audiencia era simplemente un tribunal compuesto por tres jueces cuya jurisdición se extendía hacia todas las Antillas; constituía la más alta corte de apelación. La institución de la audiencia se esparció, eventualmente, por toda la América Española.

La influencia del tribunal creció, y en 1524 fue designado como Audiencia Real de Santo Domingo, con jurisdicción en el Caribe, la costa atlántica de América Central y México, y la costa norte de América del Sur, incluyendo todo lo que ahora es Venezuela y parte de la actual Colombia. Como corte que representaba la corona, la audiencia recibió poderes extensos, abarcando funciones administrativas, legislativa y consultivas; el número de jueces aumentaba proporcionalmente. Las decisiones de la audiencia era definitivas en los casos criminales, pero los casos civiles importantes podían ser apeladas ante el Real y Supremo Consejo de las Indias en España.

El Consejo de las Indias, creado por Carlos V en 1524, era la principal agencia de la corona española para dirigir los asuntos coloniales. Durante la mayor parte de su existencia, el Consejo ejerció poder casi absoluto en cuanto a dictar leyes, administrar justicia, controlar las finanzas y el comercio, supervisión de la iglesia, y la dirección de ejércitos.

El brazo del Consejo de las Indias que trataba todos los asuntos concernientes al comercio entre España y sus colonias en América era la Casa de Contratación, organizada en 1503. Se facilitaba el control del comercio, en general, y la recolección de los impuestos, en particular, con la designación de puertos monopólicos en ambos lados del Océno Atlántico. Durante la mayor parte del período colonial, el comercial de ultramar consistía principalmente en convoyes anuales entre los puertos monopólicos. Estaba prohibido el comercio entre las colonias y otros países. La corona también restringía el comercio entre las colonias. Estas restricciones estorbaban la actividad económica en el Nuevo Mundo y fomentaron el tráfico por contrabando.

La Iglesia Católica Romana llegó a ser el principal agente para diseminar la cultura española en América. La organización eclesiástica desarrollada para Santo Domingo y que luego fue extendida a toda la América Española reflejaba una unión de la iglesia y el estado que era realmente más estrecha que la prevaleciente en la misma España. El Real Patronato de las Indias o, como luego fue llamado, el Patronato Real, servía como el agente de organización de esta afiliación entre la iglesia y la corona española.

El prestigio de Santo Domingo empezó a declinar en la primera parte del siglo XVI con la conquista de México por Hernán Cortés en 1521, y el descubrimiento allí, y luego en Perú, de una gran riqueza en oro y plata. Estos eventos coincidieron con el agotamiento de los depósitos aluviales de oro y la desaparición de la fuerza laboral indígena en Santo Domingo. Numerosos colonos se mudaron a México y a Perú; los nuevos inmigrantes españoles generalmente pasaban de largo buscando mayores fortunas que se encontrarían en las tierras más al Oeste. La población de Santo Domingo disminuyó, la agricultura languidecía, y pronto España empezó a preocuparse con sus colonias de tierra firme, más ricas y más extensas.

El estancamiento que prevaleció en Santo Domingo durante los siguientes 250 años fue interrumpido en varias ocasiones por enfrentamientos armados, ya que los franceses y británicos intentaron debilitar el dominio económico y político de España en el Nuevo Mundo. En 1586, el Almirante británico, Sir Francis Drake, capturó la ciudad de Santo Domingo y cobró un rescate para regresarla al control español. En 1655, Oliver Cromwell despachó una flota inglesa, comandada por Sir William Penn, para tomar Santo Domingo. Luego de enfrentar un fuerte resistencia, los ingleses navegaron más hacia el Oeste y tomaron Jamaica.

La retirada del gobierno colonial de la región costera norte abrió la puerta a los bucaneros franceses, quienes tenían una base en la Isla Tortuga (Île de la Tortue), cerca de la costa noroeste del actual Haití, para que se establecieran en la Hispaniola a mediados del siglo diecisiete. Aunque los españoles destruyeron varias veces los asentamientos de los bucaneros, los franceses no fueron disuadidos ni expulsados. La creación de la Compañía Francesa de las Indias Occidentales en 1664 indicó la intención de Francia de colonizar la Hispaniola occidental. Sucedieron batallas intermitentes entre los colonos franceses y españoles durante las siguiente tres décadas; sin embargo, España, presionada por guerras en Europa, no podía mantener una guarnición en Santo Domingo lo suficientemente grande para asegurar toda la isla contra la intrusión. En 1697, con el Tratado de Ryswick España cedía el tercio occidental de la isla a Francia. El límite exacto de este territorio (Saint-Domingue --ahora Haití) no fue establecido en el momento de la cesión y permaneció cuestionado hasta 1929.

Durante los primeros años del siglo dieciocho, los terratenientes en la colonia española hicieron poco con sus inmensas posesiones, y fueron abandonadas las plantaciones de azúcar debido al hostigamiento de los piratas. El comercio extranjero prácticamente desapareció, y casi todo el comercio doméstico sucedía en la ciudad capital.

La dinastía de los Borbones reemplazó, en España a la de los Habsburgos en 1700. El nuevo régimen introdujo innovaciones --especialmente reformas económicas-- que empezaron a revivir gradualmente el comercio en Santo Domingo. La corona relajó progresivamente los controles rígidos y las restricciones sobre el comercio entre la Madre Patria y las colonias y entre las colonias. Los últimos convoyes zarparon en 1737; el sistema de monopolio de los puertos fue eliminado poco después. A mediados de siglo, habían aumentado tanto la inmigración como la importación de los esclavos.

En 1765, las islas caribeñas recibieron autorización para comercializar ilimitadamente con los puertos españoles; siguió en 1774 el permiso para que las colonias españolas en América pudieran comerciar entre ellas. Se redujeron grandemente, o eliminados totalmente, los derechos para muchos productos. Ya en 1790, los comerciantes de cualquier puerto en España podían comprar y vender en cualquier parte de la América Española, y en 1800 España había abierto el comercio colonial a todos las naves neutrales.

Como resultado del estímulo dado por las reformas al comercio, la población de la colonia de Santo Domingo aumentó de más o menos 6,000 en 1737 a aproximadamente 125,000 en 1790. De este número, aproximadamente 40,000 eran terratenientes blancos, más o menos 25,000 eran negros o mulatos libres, y algunos 60,000 esclavos. La composición de la población de Santo Domingo contrastaba con la de la colonia francesa vecina de Saint-Domingue, donde algunos 30,000 blancos y 27,000 hombres libres se beneficiaban del trabajo de por lo menos 500,000 esclavos negros. Para el colono español, Saint-Domingue representaba un barril de pólvora, cuya eventual explosión tendría repercusiones en toda la isla.

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