Exploraciones

Visita al Valle de Constanza

Por Sir Robert H. Schomburgk

Segunda Parte

La vista desde Pontezuelo hacia el valle es encantadora. El brillante amarillo-verdoso de la sabana produce un admirable efecto junto al tono oscuro de los pinos que la rodean. Montañas de un azul oscuro, cuyas cimas se pierden entre las nubes, forman el fondo del hermoso cuadro.

Descendimos, y caminamos durante algún tiempo por entre el bosque. El suelo era ahora bastante llano. Después de media hora a caballo, dejamos el bosque para entrar en la sabana. El contraste es grande. El paisaje, antes limitado por grandes árboles, es ahora libre, y los ojos, asombrados, se posan en las cimas de formas grotescas que rodean la elipse alargada del valle.

La sabana estaba llena de ganado que pastaba y una manada de potrillos guiados por sus madres, vinieron al encuentro de nuestra cabalgata. Bajo el ataque de nuestros perros, lanzaron al aire sus patas traseras y salieron disparados a esconderse en el bosque. La hierba de la sabana es corta, pero muy codiciada por los animales. Parece que esta hierba pertenece principalmente a las siguientes especies: Panicum horizontale (15), Leptochloa y Eleusine indica. Como supe luego, estos pastos son insuperables. El ganado prospera y su carne es de muy buen sabor. Por esta razón, este apartado valle, cuyo ascenso es tan difícil, fue escogido como tierra de pasto desde el año 1750 y continúa siéndolo hasta el día de hoy. El camino nos condujo una vez más por entre pinares: pronto llegamos a las montañas que forman el límite occidental del valle. De sus faldas fluye el arroyuelo Pantuflo; en sus orillas descubrimos un humilde y miserable "bohío", cobijado con pencas de palmas, el cual, sin duda, era el mejor de los seis que se levantaban en el valle. Una sola familia ha residido permanentemente en Constanza durante los últimos dos años. Muchos vienen ocasionalmente para revisar el ganado, estampar los animales jóvenes y llevar otros para los mercados del llano. La mayoría de los dueños de ganado y caballos viven en Jarabacoa y en Pedro Ricart. Con excepción de la familia que habita permanentemente, pasan largos períodos sin que nadie pise el valle. No había otra alternativa sino hospedarse en el "bujío". El hermano del propietario, el mayoral y seis peones estaban allí; todos ellos, nosotros y nuestros sirvientes y peones, teníamos que acomodarnos en una cabaña cuyo tamaño no era mayor de 35 pies cuadrados y abierta a los vientos. Compartían nuestro alojamiento, además, un enjambre de pulgas de los perros de la hacienda. Sin embargo, Siño Juanico fue muy amable, y para agradarnos usó cuanto de cómodo puede poseer una cabaña de la montaña. La noche se acercaba y nuestros caballos de carga no llegaban. Excepto el ligero desayuno que tomamos a orillas del Jimenoa, no habíamos probado alimento alguno, y toda nuestra provisión venía en las cargas de la recua. Nos dirigimos a nuestro amable hospedero preguntándole si podía suministrarnos algo que aplacara a nuestros pedigüeños estómagos. Aterrado por la pregunta, me contestó que lo que había era "un poco menos que nada" en toda la casa: ni gallinas, ni plátanos ni batatas. "Pero válgame el cielo, le dije, entonces, de qué viven ustedes, pues no tienen apariencia de estar muertos de hambre?". Me contestó, que se alimentaban principalmente de leche y de queso, aunque algunas veces recibían de Jarabacoa pan, casabe y plátanos, lo que constituía para ellos verdadera fiesta. Le dije, que el valle me parecía apropiado para la siembra. Me respondió, que su tierra es muy fértil. Entonces, volví a decirle, ¿por qué no la cultivan? "El volcán", fue toda la contestación que me dio. Recordé entonces, que había oído hablar en La Vega de una ola de frío que se presenta por épocas en estas regiones, que destruye las hojas de los árboles y los cultivos. La ola de frío aparece por la noche sin que nada lo hubiera hecho sospechar, cuando el cielo está claro y la brisa en calma. El curso de su paso se distingue claramente, advirtiéndose lo variable de la dirección que sigue. Se presenta generalmente en Diciembre o en Enero, viniendo de las altas montañas del Este, desciende hacia el valle, dando la impresión de que se agota al llegar a las montañas opuestas. Al amanecer las hojas de todos los árboles, excepto las de los pinos, están amarillas y caen, y a los dos días todas las ramas están peladas, reproduciendo el cuadro de nuestros inviernos del Norte. Los majestuosos troncos del guineo y los demás cultivos, primero se marchitan y luego caen, con sus vasos todavía llenos de jugosa savia: un destino igual espera a las plantas comestibles. El fenómeno ha recibido el nombre de "Volcán", debido a que la vegetación adquiere un tinte amarillento como si el fuego la hubiera azotado: así me dijo, por lo menos, Siño Juanico. Este fenómeno me sorprendió, pues la altura del valle no es para semejante frío ni para la formación de escarcha. Tiene que ser atribuido a causas locales exclusivamente, cuya investigación requería más tiempo del que yo podía disponer. Haciendo posteriores preguntas a mi retorno a Jarabacoa y La Vega, fui informado por personas que conocen el fenómeno muy bien, que cuando en las faldas de las lomas de esas poblaciones reina un aire desusadamente frío, es signo de que el "Volcán" ha pasado por Constanza. A veces pasa un par de años sin que se presente, en tanto que hay año en que repite varias veces.

En esas circunstancias, no fue pequeña mi sorpresa, cuando un residente permanente de Constanza, un mulato de mucha inteligencia, me trajo a la mañana siguiente una carretilla llena de comestibles que hubieran hecho honor al mercado de Covent Garden: tomillo, cebolla, puerro, apio, batatas y otros productos tropicales, acompañado de un ramillete de rosas cien hojas, claveles y azucenas (16). Comencé a dudar de los efectos de el "Volcán", pero el señor Antonio me explicó el hecho de la manera siguiente. "Yo soy, comenzó diciéndome, nativo de San Juan, cerca de la frontera haitiana. La última guerra entre haitianos y dominicanos me privó de todo lo que tenía, y cuando Soulouque se acercó a la frontera de nuevo, resolví volar hacia estas apartadas lomas de Constanza. Cuando llegué a este lugar, acompañado de mi familia, hace cosa de dos años, un maldito fenómeno de esos de que usted habla acababa de pasar por el valle dejando toda la vegetación destruida. Fue una visión triste para un hombre que pensaba asentarse aquí y cultivar la tierra para el sostenimiento de su familia. No obstante, puse buena cara al mal tiempo. Pensé que era mejor luchar contra la naturaleza que contra salvajes como los haitianos, quienes en la oscuridad de la noche caen sobre nuestras haciendas, raptan nuestros hijos, roban el ganado e incendian nuestros "bujíos". Así, me arrodillé y recé a nuestra Señora de la Merced, quien me ha oído, pues desde que vine aquí no ha aparecido el "Volcán" destructor en todo el valle. Sin embargo, tengo que salir de aquí, porque soy el único que trabaja y el resto quiere vivir de mí, y mis conucos son constantemente robados". Tengo una buena opinión de Antonio, y conociendo su indiscutible fe en Nuestra Señora de la Merced, creo que sus palabras deben ser creídas.

Las reliquias de las tribus que una vez poblaron las tierras que los europeos invadieron, con el argumento de que iban a introducir la caridad y la doctrina cristiana, destruyendo luego sus aborígenes, han sido siempre de gran interés para mí. Cerca de la choza de Juanico observé algunos terraplenes. Al preguntar, supe que eran las ruinas del palacio de la reina india Constanza: así, al menos, ha sido contado de padres a hijos. Constanza adquirió ahora mayor interés para mis ojos: una Capitana de este mismo nombre le da nuevo lustre.

Había creído que el nombre del valle era puramente accidental; ahora veía que tenía un interés histórico. Mis investigaciones, sin embargo, para esclarecer la vida de la Reina Constanza, fueron inútiles. Se cree que se convirtió al cristianismo, pues su nombre así parece indicarlo.

"¡Oh!, dijo Juanico, "hay también un cementerio indio cerca de aquí". Estuve ansioso de verlo, pero ellos ponían mala cara a tal idea, y tuve que insistir con los guías que me dieron; Antonio y un muchacho estuvieron dispuestos a acompañarme, y nos dirigimos hacia las faldas de las lomas que quedan al Sur del valle. Una hora de camino a buen paso al través del bosque de pinos nos tomó el llegar a un riachuelo: aquí observé terraplenes de forma semicircular. Cruzando el arroyo, vi sobre las laderas de una loma, huellas de un ancho camino en zig-zag que parecía conducir a la montaña a cuyos pies estaba el cementerio de forma circular que contenía un millar de tumbas de aborígenes aproximadamente, limitado por la montaña, el arroyo y el bosque de pinos.

Los túmulos son de forma redondeada o alargada; están cubiertos invariablemente con fragmentos de rocas, entre las cuales observé piedras verdosas. Pienso que estas piedras verdes fueron traídas de algún lugar distante, pues no pude descubrir ninguna in situ.

Las tumbas tenían dirección de Este a Oeste. El mayor número de ellas estaban calculadas para recibir un solo individuo; pero habían otras, que a juzgar por su tamaño, estaban destinadas a ser ocupadas por varios cadáveres. ¿Qué podríamos decir de este descubrimiento? ¿Tendrían los indios una idea de tumbas familiares?

Dije que encontré en el cementerio unas mil sepulturas. El número de tumbas en el lugar más abierto, en donde los pinos han germinado muy separados, debe sobrepasar esa cifra. Se extienden por el bosque adyacente en las márgenes del arroyo, y sólo las que están por ahí deben ser como el doble de las otras. No quise turbar el reposo de estas cenizas: ¡que lo hagan otros! El tiempo me era escaso, no tenía aparatos para excavar y la repugnancia de los guías por el cementerio me lo impidieron.

Abandoné el cementerio indígena lleno de extraños sentimientos. Quizás era yo el primer europeo que se acercaba y vagaba por el lugar de descanso de altivos guerreros que fueron los caciques de estas regiones apartadas. Salvo estos túmulos que hablan de su muerte, ninguna huella ha quedado de su existencia.

Mis guías me hablaron de una vieja mata de naranjas dulces sembrada por los indios. El bosque estaba lleno de naranjas agrias, pero la que ellos decían, era de frutas muy sabrosas, y su tronco tenía el grueso de un hombre. Después de larga búsqueda la encontramos; el guía hacía años que no caminaba por allí. El tronco madre se había caído, vencido por la vejez, y yacía mustio sobre la tierra; pero retoñó de nuevo, y ese retoño alcanzaba ya a 35 pies de altura, sosteniendo algunas frutas. Eran de excelente sabor, y la mayoría no tenían semillas. Este caso es frecuente entre los árboles viejos. El tronco madre debió haber tenido un gran tamaño: el corazón que había resistido a la destrucción, medía unos tres pies de circunferencia. Este fue sin duda, el primer naranjo dulce cultivado en esta parte de la isla. Pocos árboles tienen una vida tan larga; es sabido que hay alamedas en España formadas de naranjos que tienen 600 años de edad.

De vuelta al "bujío" medí los muros de tierra de "La casa de la Reina Constanza". La dirección longitudinal de los dos muros es Oeste-Noroeste; los lados, que están libres, Nor-Noroeste. Los muros tienen ahora una altura de 6 pies aproximadamente, ulos 286 pies de largo, y están separados uno del otro por una distancia de 165 pies. A unos 158 pies del extremo Norte parecía haber existido una entrada, y otra correspondiente en el extremo opuesto.

Algunos viejos pinos habían crecido en lo alto de los muros, atestiguando la antigüedad de la estructura. Están situados cerca de una colina, en cuyas laderas se advierten trazas de un ancho sendero que conduce a su cima.

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Notas

[15] Panicum horizontale Meyer es sinónimo de Digitaria horizontales Willd., Poaceae. Del género Leptochloa Beauv., Poaceae, existen descritas para la isla seis especies, a saber:

L. domingensis (Jacq.) Trin.
L. fascicularis (Lam.) A. Gray.
L. filiformis (Lam.) Beauv.
L. monticola Chase
L. scabra Nees.
L. virgata (L.) Beauv.

No podemos imaginarnos a cuál de las especies precedentes se refiere el autor.

[16] Tuberosas o azucenas (Polianthes tuberosa L., Amaryllidaceae). Es originaria de Méjico.