Exploraciones

De Puerto Plata al Pico del Valle Nuevo

Viaje del Barón H. Eggers, por el Interior de
Santo Domingo en el Año 1887

Tercera Parte

Después de haber pasado varios días en Jarabacoa, ocupado en examinar los alrededores, seguí mi ruta el 27 de mayo, acompañado del moreno que había llevado de San Thomas, y de algunos indígenas empleados como peones, en dirección al valle de Constanza. Como ya se ha dicho, el camino que va para Constanza, sube por el Monte Barrero, y sigue después otro que hace muchas eses. Sobre la altura, es muchas veces tan estrecho y con laderas tan pendientes a ambos lados, que se puede uno figurar que va andando sobre la cumbrera de una casa. Por fortuna las pendientes están cubiertas de pinos muy próximos los unos a los otros, de modo que la sensación de vértigo causada por aquellos precipicios, se desvanece un tanto. La montaña está formada casi toda de pedernales, que en muchos lugares han sido arrastrados por las lluvias, de tal manera que la vereda para los animales desaparece a veces completamente, y es preciso irla trazando de nuevo.

Dada la vuelta al punto culminante del Monte Barrero (1250 M.), sigue el camino de nuevo culebreando con una altitud poco mas o menos de 1100 a 1200 M., hasta que se baja por una hondonada llena de lodo, al río Jimenoa, que corre en este punto 1190 M., sobre el nivel del mar; y por consiguiente, durante este corto trayecto hasta su entrada en el Yaque, más arriba de Jarabacoa, tiene una diferencia de nivel de 670 M.

El río aquí es bonito y claro; a ambos lados tiene montes muy tupidos.

Inmediatamente después de haber pasado ese río, a la una p. m., empezó un temporal de agua, cosa que es muy frecuente allí, pero con tanta violencia, que casi era imposible seguir la jornada. Pero como de Jarabacoa a Constanza no se encuentra en el camino una sola casa, y pasar una noche en aquella loma en el monte, mojado hasta la piel, era penoso, no me pareció conveniente parar allí, y seguimos lo mejor que pudimos. Aquel aguacero impetuoso cambió bien pronto el camino en arroyos de lodo blando, por los cuales hombres y animales avanzaban con el mayor trabajo, ya subiendo, ya bajando. Principalmente nos fue bastante difícil subir el alto de La Cumbre (1440 M.), y el de Rancho Quemado, (1440 M.); como también bajar la hoya del río Tireo [4] (1050 M.), al que llegamos después de haber atravesado un bosque considerable. El Tireo es un tributario bastante caudaloso del Yuna, que desagua por el este en la bahía de Samaná, mientras que el Jimenoa, como tributario del Yaque, lleva sus aguas por el N. O. a la bahía de Manzanillo.

El Tireo había cogido tanta agua con las lluvias, que solo pudimos pasarlo con mucho cuidado, y mojándose todo nuestro equipaje. Mas adelante del Tireo, tuvimos que pasar dos alturas cubiertas con montes de pinos magníficos. Desde allí se va allanando el terreno, para formar la extremidad oriental de la altiplanicie de Constanza. El valle se ensancha luego mucho mas, y el camino sigue por un llano agradable, atravesando primero montes de pino, y luego una sabana verde, espléndida, y de grande extensión. A ambos lados se levantan alturas bastante importantes, las cuales rodean el valle por todos lados, cubiertas también con pinos, entre los que se veían flotar grandes nubes, mientras que en el valle ya reinaba la oscuridad.

Después de haber pasado la sabana, empieza otra vez el monte, dejando ver en la extremidad oeste del valle espacios talados, en donde hallamos por fin con gran satisfacción, porque la noche estaba un poco avanzada, un albergue en uno de los bohíos que allí encontramos.

El valle de Constanza, de 1170 M., sobre el nivel del mar, tiene una forma ovalada angosta, con dirección principal del este al oeste, de modo que es paralela a la dirección de las lomas. Estas tienen una extensión de 8 kilómetros, y su cumbre es completamente llana, y cubierta casi por donde quiera con bosques de pinos, y tienen un terreno bastante bueno, principalmente en la parte del O. Además de la gran sabana ya mencionada, hay otra más pequeña en la extremidad del valle, al noroeste.

Schomburgk encontró allí en el año 1851 solamente una casa habitada; pero hoy la población cuenta como cien vecinos, la mayor parte blancos o muy claros, los cuales ocupan 30 bohíos diseminados en el valle. La gente vive de la crianza y de la cultura de frutos menores como frijoles, batatas, yuca, maíz, y también de su tabaco, que trabajado ya en andullos, transportan al sur de las lomas, por el valle de San Juan. [5]

El valle posee una ermita, que es un bohío cubierto de paja, en la que el cura de Jarabacoa dice misa de cuando en cuando.

El clima aquí es bastante fresco, y los habitantes aseguran que en el invierno el frío acaba las matas de plátano y otras plantas delicadas. El 28 de mayo, a las 6 a. m., el termómetro marcaba 12° R. Desde noviembre hasta marzo reina la seca, y llueve en los demás meses. [6]

Este valle podía sin duda, con mayor diligencia de parte de los habitantes, dar muchos productos, y también los frutos menores de la zona templada. Así como está la gente vegeta en una condición miserable, y parece bastante pobre. Víveres para nuestra expedición fue imposible conseguirlos, ni aún leche siquiera.

Como la Oreodoxa, la que según he dicho ya, crece en lugares menos elevados y suministra los materiales necesarios para hacer bohíos, no se encuentra en aquellos lugares, los pequeños bohíos están hechos de tablas de Euterpe (Manacle), y cobijados con hojas de caña brava, gramínea de elevado tamaño, porque la yagua del Euterpe es muy corta y débil [g]. Los setos de las casas están regularmente formados de varas de la misma caña brava.

Allí no se ocupan en utilizar la madera de aquellos pinos tan bellos, para levantar casas; los habitantes la emplean solamente como combustible y como alumbrado. [7)

El valle es muy rico en aguas; a ambos lados corren arroyos hermosos de agua límpida y fresca: el Pantujo al N., y el arroyo de Constanza por el sur.

El monte es abierto y claro por donde quiera: solo aquí y allá se destacan pequeños bosques de árboles frondosos. En el terreno arenoso de aquellos montes, se ve a menudo una pequeña Oxalis blanca de bulbos color de chocolate; en el bosque vecino al arroyo Pantujo, hallé un Rubus [8] elevado, de fruta negra y sabrosa. Cerca de las habitaciones se encuentran grupos de guayabos, y al lado del arroyo de Constanza, otros de Jambosa vulgaris, contiguos a un bosque considerable, el cual ocupa un llano húmedo por la parte sur del valle.

Por el valle de Constanza pasa el camino que va del Cibao al llano grande de San Juan de la Maguana, que se encuentra en la vertiente sur de la cordillera, y de donde se traen vacas y caballos para Santiago, por cuya razón hay un tránsito considerable por el valle desde los tiempos remotos. Es difícil pues comprender como han podido perpetuarse tantos cuentos que aún repiten los habitantes de los llanos, representando estos lugares como una región misteriosa.

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Notas

[4] ¿Por qué este nombre, de origen griego (broquel, escudo, rodela), en esa remota y deshabitada región? Pedro Mártir de Anglería, en su Década Tercera, Libro VIII, Capítulo II, al discurrir sobre los valles de la maravillosa Española, describe con poéticos rasgos uno que se asemeja bastante al bellísimo de Constanza, por su aspecto físico, y menciona el río Tirecoto, "que corriendo hacia el oriente, aumenta las aguas del Juna" (sic). Y como el Tireo mezcla las suyas con las del Yuna, es presumible que dicho nombre sea una alteración o abreviación de Tirecoto. (A. T.)

[5] Del 1869 al 1871 hizo como es sabido notables estudios topográficos y geológicos en el país, el competente norteamericano William M. Gabb, y con tal motivo estuvo en el valle de Constanza, por lo menos dieciocho años después del sabio naturalista Sir Robert Hermann Schomburgk. Conforme al interesante relato de Gabb en el ya mencionado trabajo On the topography and geology, Philadelphia, 1873, entonces había en Constanza doce bohíos. Al cabo de otros dieciocho años, cuando las exploraciones del Barón de Eggers, existían treinta, o sea un aumento de ciento cincuenta por ciento en la población. Actualmente llegan a noventiséis. La progresión ha sido considerable en el espacio de veintidós años, esto es, de un doscientos veinte por ciento. (A. T.)

[6] Léese en la Idea del valor de la Isla Española y utilidades que de ella puede sacar su Monarquía, por Don Antonio Sánchez Valverde, Madrid, 1785: "El valle de Constanza, dividido del de San Juan por unas altas serranías, y colocado a la parte Norte de la Isla, en jurisdicción de la Vega, que estuvo desconocido muchos años, es tan fresco, que en la estación mas calorosa del año se conserva la carne cuatro y cinco días, de que estoy bien informado por muchas personas fidedignas, y por su propio poseedor actual, Don Melchor Suriel, sujeto veracísimo. En las cimas de estas sierras, cuyo acceso es trabajosísimo, se encuentra escarcha todo el año, y se necesita de hogueras para dormir". (A. T.)

[7] La cuaba (N. del Dr. A. Ll.).

[8] ¿Será acaso la zarzamora, de las rosáceas, aunque no se indica la especie? Jamás se ha hecho mención de esta planta, que produce agradables bayas, entre los frutales del país.

Y sin embargo, Fray Bartolomé de las Casas, en la Apologética historia destas Indias Occidentales y Meridionales, la nombra en dos ocasiones. La primera vez se refiere a la gran provincia y rica de Cibao, y anota que hay zarzamoras como las de Castilla. También parece que alude a ella, Pedro Mártir de Anglería, al hablar de las montañas del Cibero (sic): "Aquella tierra, escribe, cría helechos, y ortigas, y zarzas con serpas, que se llenan de moras, cosas que prueban el frío que hace en aquella región". Década Tercera, Libro VIII, Capítulo II, páj. 420.

El botánico dominicano R. M. Moscoso, en su interesante obra Las familias vegetales representadas en la flora de Santo Domingo, 1897, dice en la página 88, que en la Sierra de Jarabacoa se halla el Rubus alpinus (Macfadyen), y lo llama cereza.

Cuando William M. Gabb intentó subir al Pico del Yaque, por el mes de junio del 1870, un poco más allá de Manabao tropezó con varios Rubus, probablemente iguales al que encontró en la vecindad del arroyo Pantujo el viajero Eggers, y al mencionado por Moscoso. He aquí la curiosa relación de Gabb en su ya citada obra: "Conseguidos los guías, y mas peones, ascendíamos todos a ocho personas. Dejando los caballos, salimos de Manabao a pie por el cauce del río, durante media milla. El terreno, casi llano, estaba cubierto de grandes árboles, con arbustos debajo de éstos. Subimos por la punta de un cerro lleno de palmeras y pinos mezclados, y alfombrado con hojas de pino y de altas yerbas, entre las cuales había multitud de arbustos y plantas nuevos para mí, nunca vistos en las tierras bajas, y lo más inesperado aún, una vieja amiga de casa, matas en gran número de zarzamora (Black berry), con algunas bayas maduras. La planta apenas se conocía, creciendo solamente en las elevadas montañas, de modo que la gente que me acompañaba, no sabía que sus frutas eran comibles, y fue inútil que yo procediese a gustarlas para que esto la alentase a participar de tan inesperado banquete". (A. T.).

[g] El binomio científico actual para la palma manacle (o manacla) es Prestoea montana (R. Graham) G. Nicholson. (J.E.M.)