Lobo La Diversidad de la Vida

Las grandes masacres del siglo XIX

La hecatombe de las aves y mamíferos salvajes no comenzó realmente hasta que se estableció un comercio de especies silvestres. Favorecida por el descubrimiento de venenos y el de armas de fuego, la caza destinada al aprovisionamiento del mercado de carne es un asunto absolutamente distinto de aquella destinada a asegurar la alimentación de tribus de cazadores-depredadores. Esta caza industrializada ha sido la causa de la pérdida de muchas especies animales en América, África y varios archipiélagos.

Así fueron aniquiladas florecientes especies, cuyas poblaciones contaban miles de individuos, en las llanuras centrales de los Estados Unidos como el gallo de la pradera (Tympanychus cupido cupido) o la paloma migradora (Ectopistes migratorius). Tanto en un caso como en otro se organizaron cacerías comerciales de esas aves a fin de aprovisionar los mercados de las grandes ciudades.

Aunque el gallo de la pradera fue favorecido por medidas de protección desde mediados del siglo XIX –aún se contaban unos 2,000 individuos en 1916-, su declive fue rápido a partir de esta fecha y el último ejemplar de esta subespecie pereció en 1932. Otras tres subespecies vecinas subsisten todavía en América del Norte pero ocupan pequeños territorios en el interior de su antigua área de distribución.

La historia del aniquilamiento de la paloma migradora es aún más edificante. ¡Era tan abundante esta especie en el siglo pasado que se censaron algunos vuelos con más de dos millares de individuos! Anidaba en colonias gigantescas en los bosques de robles de las llanuras del Norte y Centro-Este. De un natural pacífico (los franco-canadienses le llamaban «tortel») esta paloma se dejaba capturar sin dificultad. En 1861 fueron muertos y vendidos en los mercados de Chicago y New York alrededor de 14,850,000 palomas procedentes exclusivamente de la colonia de Petosky en Michigan.

La destrucción de los bosques de robles donde anidaba esta especie, la masacre a la que se dedicaban los cazadores profesionales y la desaparición consiguiente de las grandes bandadas que constituían sin duda el estímulo social necesario para su reproducción determinaron su irreversible declive. Pese a una tardía tentativa para salvarla de la extinción, estaba demasiado perjudicada al comienzo del siglo XX y nada pudo parar su fin inexorable. La última paloma migradora pereció en 1914 en el zoológico de Cincinnati.

El exterminio de los bisontes americanos constituye, más aún quizá que el caso de la paloma migradora, un desolador ejemplo del vandalismo humano. También ilustra perfectamente sobre los magníficos resultados de las medidas de protección cuando son tomadas y realizadas con todo el cuidado necesario.

bisonte americano

A comienzos del siglo XIX se estima que poblaban América del Norte entre 60 y 100 millones de bisontes desde el sur de Texas hasta las fronteras de Alaska. Ya no quedaban más que 541 en todo el continente cuando en 1889 fueron censados los supervivientes de la carnicería, la mayor parte en el Parque Nacional de Yellowstone. La demanda de carne y cuero, la necesidad de eliminar estos animales para poner en cultivo nuevas tierras, así como la masacre organizada con el fin de matar de hambre a los indios fueron las principales razones de este desastre. El célebre "Buffalo Bill", contratado para avituallar el trabajo de construcción de un ferrocarril, mató por sí solo 4,280 bisontes en 18 meses. La protección de esta especie, votada por el Congreso norteamericano en 1894, la ha salvado de su aniquilamiento. Hoy, más de 10,000 bisontes viven en los parques y reservas de América del Norte.

La fauna de ungulados africanos ha sufrido también mucho la caza profesional destinada a abastecer de carne los trabajos de construcción de ferrocarriles, las concesiones mineras, las grandes plantaciones y los mercados locales.

Los mayores daños sufridos por los mamíferos a manos del hombre han sido causados a la fauna de África del Sur, colonizada desde siglo XVII por los europeos. Notables especies omo el quagga y su pariente próximo, la zebra de Burchell, fueron exterminados por los boers a comienzos del siglo pasado, así como el Hippotragus leucophaeus, endémico en la región del Cabo. Otros antílopes como los Damaliscus dorcas y Damaliscus albifrons, muy abundantes en el pasado en toda la región, desaparecieron de la mayor parte de su área de distribución.

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